Porque cocinar también puede ser una forma de cuidar un territorio.
Hay proyectos que nacen para vender. Otros nacen porque alguien siente que no tiene otra opción que hacerlos realidad.
El Marchante pertenece a ese segundo grupo.
Creemos que la gastronomía no empieza en un plato ni termina cuando alguien se levanta de la mesa. Empieza mucho antes: en una semilla, en un agricultor, en un oficio que desaparece, en una receta que una abuela todavía recuerda o en una playa que alguien decide limpiar un domingo sin esperar nada a cambio.
Por eso entendemos la cocina como una herramienta. A veces sirve para emocionar. Otras para investigar. Otras para reunir personas. Y, cuando hace falta, simplemente para ayudar.
Nuestra asociación existe para dedicar tiempo, conocimiento y esfuerzo a conservar aquello que merece seguir vivo y a crear aquello que todavía no existe.
Porque cocinar también puede ser una forma de cuidar un territorio.
Hay momentos en los que la prioridad deja de ser el sabor.
Tras la DANA de Valencia nos trasladamos durante más de treinta días para cocinar miles de comidas calientes cada jornada destinadas a personas que lo habían perdido prácticamente todo.
Aquello no fue un evento gastronómico. Fue logística, organización, trabajo en equipo y la certeza de que un plato de comida puede significar mucho más de lo que parece.
Y probablemente sea una de las cosas de las que más orgullosos nos sentimos.
Nuestro paisaje termina donde empieza el Mediterráneo. Por eso colaboramos habitualmente con asociaciones dedicadas a la limpieza del litoral.
En Punta Carnero (Algeciras), junto a Mil Playas, cocinamos para cerca de un centenar de voluntarios mientras recuperaban kilómetros de costa.
También lo hacemos junto a colectivos como Andalimpia y otras organizaciones que trabajan en diferentes puntos de Málaga, preparando comidas para decenas de personas que dedican su tiempo libre a dejar las playas mejor de lo que las encontraron.
Nos gusta pensar que ellos limpian el mar y nosotros intentamos devolverles un poco de esa energía alrededor de una mesa.
Las recetas tradicionales desaparecen mucho antes de que nos demos cuenta. Por eso recorremos pueblos, hablamos con vecinos, escuchamos historias y anotamos elaboraciones que nunca llegaron a escribirse.
Nos interesa tanto una receta como la persona que la conserva. Recuperar ese patrimonio gastronómico es una forma de proteger la identidad de un territorio.
La finca es también un lugar de observación. Documentamos especies vegetales, usos tradicionales, plantas silvestres, cultivos y conocimientos populares para construir un herbario propio que sirva como herramienta de divulgación y conservación.
No pretende ser una colección cerrada. Pretende seguir creciendo con el paso de los años.
Desde hace tiempo trabajamos junto al Alfar de Almuñécar en diferentes proyectos que unen cocina y cerámica.
Nos interesa investigar cómo comían quienes habitaron estas tierras, qué recipientes utilizaban, cómo cocinaban y qué relación existía entre la gastronomía y la artesanía. Fenicios, romanos y Al-Ándalus dejaron mucho más que monumentos. También dejaron una forma de entender la mesa. Y creemos que todavía queda mucho por descubrir.
Muchas variedades agrícolas tradicionales se han ido perdiendo porque dejaron de ser rentables o simplemente fueron sustituidas por otras más productivas. Nos gusta ir en dirección contraria.
Investigamos, recuperamos y volvemos a cultivar especies locales que forman parte de la historia agrícola de nuestro entorno. Cada semilla recuperada es una pequeña victoria contra el olvido.
La investigación forma parte del día a día de la finca. Estamos desarrollando un espacio dedicado al estudio de materias primas locales junto a químicos, botánicos, agricultores, cocineros y profesionales de diferentes disciplinas.
Nos interesa experimentar, equivocarnos, volver a empezar y compartir los resultados. Algunos proyectos ya forman parte de este camino:
Y apenas estamos empezando.
Creemos que el conocimiento crece mucho más cuando se comparte que cuando se guarda en un cajón.
Creemos que representar un territorio es una responsabilidad. Por eso colaboramos habitualmente en ferias, congresos, jornadas gastronómicas y encuentros profesionales donde tenemos la oportunidad de mostrar el patrimonio culinario, agrícola y cultural de nuestra tierra.
A lo largo de estos años hemos participado en acciones divulgativas junto a la Junta de Andalucía, la Diputación de Granada y otras entidades públicas y privadas, llevando la cocina de nuestro entorno a escenarios nacionales e internacionales.
No entendemos estas colaboraciones como una simple demostración culinaria. Cada ponencia, cada showcooking y cada degustación son una oportunidad para contar la historia que hay detrás de un aceite, de una variedad agrícola, de un pescado del litoral o de una receta heredada durante generaciones.
Representar un territorio significa hablar de quienes lo cultivan, de quienes lo pescan, de quienes mantienen vivos los oficios tradicionales y de quienes siguen apostando por un paisaje que merece ser conocido y protegido.
Cuando cocinamos fuera de casa intentamos que, durante unos minutos, quien nos escucha pueda entender que la gastronomía también es paisaje, cultura, historia e identidad.
Hay tradiciones que no caben en una vitrina. El flamenco es una de ellas.
En la finca nos gusta pensar que la música se cuida igual que una receta antigua: practicándola, compartiéndola y dejando que pase de unas manos a otras sin perder su esencia.
Con frecuencia abrimos las puertas para reunir a guitarristas, cantaores, percusionistas y aficionados de la zona. No hay escenario, ni focos, ni programas cerrados. Hay una mesa compartida, buena conversación y, cuando alguien coge una guitarra, todo empieza a suceder de manera natural.
Son encuentros donde gastronomía y flamenco vuelven a encontrarse como lo han hecho durante generaciones en Andalucía. Creemos que proteger el patrimonio cultural también significa dar espacio a esos momentos que no pueden planificarse.
Siempre aparecerá una receta más que rescatar, una semilla que recuperar, una investigación por comenzar o una causa por la que merezca la pena ponerse delante de los fogones.
Mientras eso siga ocurriendo, aquí seguiremos. Con las manos manchadas de tierra, el fuego encendido y la misma curiosidad del primer día.
Quiero saber más o colaborar